ELOGIO DE LA POLÍTICA

FESTINA LENTE

sábado, 4 de diciembre de 2010

La buena fama de Gumersindo Azcárate

RANCISCO PRENDES QUIRÓS Un día como el de hoy de 1937 el Ayuntamiento retiró del callejero el nombre de un político insigne que había sido hijo adoptivo de Gijón

Pasan los años, y sobre la figura de Gumersindo de Azcárate, como sobre tantas otras, cae implacable el negro manto del olvido. Y sobre el manto cayó además, sobre la memoria de Gumersindo en Gijón, la vergonzosa injuria recibida por el acuerdo de la Comisión Gestora de su Ayuntamiento, que en tiempos de denso duelo, un 4 de diciembre como hoy, pero de 1937, retiró del callejero local su nombre de la calle que el Consistorio constitucional de 1908, le había dedicado. Y, hay que levantar ese manto y recuperar ese nombre, devolviendo el honor al personaje ilustre, al espejo de ciudadanos, al sabio, al político austero, generoso, abnegado...

Fue Gumersindo Azcárate y Menéndez Morán maestro reconocido y político por todos respetado, y de alguna forma, un vecino más de Gijón, su segunda patria, como él mismo reconocía. Nacido en León, de padre leonés y madre gijonesa, un 13 de enero de 1840, otro 13 de enero, pero de 1913, cumpliendo los 73 años, el repúblico por todos respetado, aún catedrático de la Universidad Central, aún Presidente del Instituto de Reformas Sociales, aún diputado republicano por León, representación que venía ostentando ininterrumpidamente desde 1886, líder espiritual indiscutido del partido reformista, que fundara con Melquíades, «uno de los hombres más respetados de su tiempo», era convocado a palacio por Alfonso XIII. Y acudió, a pesar de que con anterioridad, y en varias ocasiones, renunciara a la presidencia del Congreso por no mantener relaciones oficiales con la corona; y a la salida de aquel encuentro, fue cuando, ante decenas de periodistas que le aguardaban impacientes, por la novedad política que representaba la audiencia, pronunció la célebre frase: «Salgo de aquí habiendo dado mi opinión y tan republicano como entré».

En aquel 1913, ya ostentaba Gumersindo, con justo orgullo, tres galardones gijoneses: su calle, su titulo de Hijo Adoptivo y la presidencia honoraria de la Cámara de Comercio, con los que Gijón le había reconocido, en 1908, su labor firme y denodada en defensa de los intereses locales, atacados por el proyecto ministerial de los «ferrocarriles estratégicos» del ministro G. Besada, que borraba de su trazado nuestro pueblo y nuestro puerto, en beneficio de un grupo de capitalistas de Oviedo: la eterna pugna, como señaló el doctor Diego Pelayo, en memorable «Asamblea magna», citando a Jovino.

El Gijón abatido encontró en la persona de Azcárate, como miembro que era de la Comisión dictaminadora del proyecto, su más elocuente y sabio defensor. Corría el mes de noviembre de 1907, cuando la villa vivió, contra el proyecto de ley del ferrocarril estratégico, jornadas de vivísima conmoción política y social.

El Ayuntamiento, que anunció su renuncia en Pleno si las justas reivindicaciones de la villa no eran atendidas; las Cámaras de Comercio y de la Propiedad, los círculos políticos, los casinos de recreo, los representantes de la prensa, las sociedades mercantiles: todo lo que en Gijón era y contaba, actuó a una sola voz, y bajo la dirección de la creada Junta de Defensa, saltó contra la injusticia del proyecto ministerial, del gobierno Maura.

No faltó a la movilización local ni la Junta de Defensa, ni la Asamblea magna, ni el obligado viaje a Madrid de importante representación; ni faltaron mítines, ni grandes manifestaciones populares... Hasta el popular cura don Miguel Barbachano ofreció una apasionada conferencia en el Teatro Dindurra.

Pero a pesar de todo, la mayor desesperanza cundía por doquier y acongojaba, pero no paralizaba, los ánimos gijoneses... ni los de la Comisión desplazada a Madrid; y ello, a pesar de que nuestro diputado Ángel Rendueles, como era ministerial, actuaba con suma prudencia. Y a pesar de que Faustino R. San Pedro, ministro, quería ayudar, pero guardando su uniforme de gala; y a pesar de que Alejandro Pidal, diputado por Villaviciosa, ni siquiera se dignara recibir a los comisionados de su villa, porque estaba comprometido con los intereses de sus amigos de la capital; y a pesar de que la Universidad de Oviedo enviara mil felicitaciones al ministro por la bondad de su proyecto; y a pesar de que el presidente del Banco de Gijón, el «americano» Manuel Cuesta Barredo, se sumara al grupo de los encendidos defensores de los intereses de Oviedo.

Y a pesar de todos los pesares, la posición de Gijón resultó triunfante, porque Gijón contó, desde el primer momento, con el desinteresado apoyo de Gumersindo, que frenó el proyecto de ley, emitiendo un fundado voto particular disintiendo del dictamen de sus compañeros de Comisión.

Cuando la mañana del lunes 18 mayo de 1908, después de larga y empeñada batalla, las descargas de cohetes y el tronar festivo de la banda de música anunciaron al pueblo el triunfo de las tesis gijonesas; y cuando inmediatamente, el Ayuntamiento, la Junta de Defensa, las sociedades, valoraron los servicios recibidos, brotó espontáneamente de todos los labios el nombre de Gumersindo, el paladín de la razón gijonesa.

La Junta de Defensa pidió al Ayuntamiento que se diera su nombre a una calle. Así lo acordó la Corporación, en sesión de 20 de mayo; pero el concejal Eleuterio Alonso no se conformó con la calle y pidió la palabra para decir, (¿qué diría hoy el bueno de don Eleuterio?), que estimaba «poco honor, para un hombre como Azcárate, el darle el nombre de una calle,... cuando tantas hay con los de hombres que apenas se distinguieron en nada»... Y propuso que se le nombrara, además, Hijo Adoptivo de Gijón, proposición que fue aprobada por aclamación. Luego, la Cámara de Comercio, que presidía Alfredo Santos, le nombró, junto al dudoso don Faustino, (no se debe nunca olvidar el besamanos al ministro en ejercicio), como su Presidente de Honor.

Gijón y los gijoneses, como bien nacidos, fueron entonces agradecidos... Pero lo historia siguió su curso. Falleció Gumersindo el 15 de diciembre de 1917, cargado de honores. Y, como es normal, la historia del país siguió discurriendo, por desgracia, por los cauces de todos conocidos. Y dentro del correr de los días de duelo, dolor y sangre, llegó la fecha infausta del 4 de diciembre de 1937, en el que la Comisión Gestora del Ayuntamiento que regía los destinos del Gijón «liberado» tomó el lamentable acuerdo de irradicar el sectarismo y el odio marxista de nuestras calles, borrando, entre otros muchos nombres del callejero local, el de Gumersindo Azcárate, que el Gijón libre y agradecido le dedicara. Y no le retiraron el título de Hijo Adoptivo porque los «camaradas» no pasaban por él para acudir a sus «gestiones» municipales. Casi todos los nombres retirados en aquella sesión vuelven a estar en nuestro callejero, pero el de Gumersindo, que había «ganado» su calle en el Congreso, no.

Después de 31 años de gobierno de las izquierdas dinásticas locales, don Gumersindo sigue ausente. del callejero gijonés. Y vigente, la humillación de la primera hora fascista..., como si las sombras afantasmadas de los camaradas de la Comisión Gestora continuaran gobernando en Gijón, al menos en el tramo de calle que va de la de San Bernardo a Corrida...

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